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Abr

David Ben Gurion, político israelí

Publicado por Joaquín el 7 de Abril de 2008 a las 11:46 am

David Ben GurionDavid Ben Gurion forma parte de la estirpe de políticos y activistas israelíes que desempeñaron un papel fundamental en la creación del Estado de Israel, la mayoría de ellos provenientes de la diáspora exterior. Llegó a ser Primer Ministro y le correspondió la tarea de anunciar oficialmente el nacimiento del nuevo país.

Ben Gurion nació en Polonia en 1886, aunque en esa época su localidad natal de Plonks se encontraba dentro de Rusia. Desde muy joven fue educado en el sionismo, fortalecido por el ambiente antisemita, con continuos progomos, que corría en la época en esa parte de Europa.

Ya en su juventud demostró su madera de líder al fundar en su ciudad el movimiento “Ezra”. Este movimiento judío propugnaba la emigración a Palestina. Poco después, con solo 18 años, marchó a vivir a Varsovia, donde de nuevo fundó otra asociación, de ideología socialista.

Por fin, con 20 años, se decide a dar el gran paso de emigrar a lo que consideraba la tierra de los judíos. Corría el año 1906, cuando se produjo un importante movimiento migratorio por parte de los hebreos hacia Palestina que fue conocido como “Segunda Aliyá”.

Palestina se encontraba entonces bajo el gobierno otomano y Ben Gurion continuó con su trabajo político, a la vez que comenzaba a trabajar la tierra. Esto formaba parte del ideario sionista de la época, con un contenido más bien socializante basado en el trabajo agrícola en explotaciones comunitarias.

Fue entonces cuando se afilió al germen de lo que sería posteriormente el Partido Laborista de Israel, que defendía la creación de un Estado hebreo. Igualmente su lucha se radicalizó, siendo uno de los fundadores de uno de los grupos armados que se desarrollarían en la zona en los siguientes años, el “Hashomer”.

Ben Gurion marchó en 1912 a Constantinopla a aprender turco. La razón de este viaje se encuentra en la revolución protagonizada por los Jóvenes Turcos. Sus aires de cambio y su promesa de aperturismo político frente al anquilosamiento del Sultán, provocó que el joven líder político los viera como una oportunidad para su proyecto. Incluso trató de llegar a Parlamento otomano, con el fin de conseguir que se permitiera desde allí la libre emigración de los judíos. Sin embargo, el estallido de la Gran Guerra abortó todos sus intentos y fue expulsado del país. Así, Ben Gurion debe exiliarse a Estados Unidos.

Sus tres años en EE.UU, hasta 1918, no significaron un alejamiento de su causa. De hecho, volvió a erigirse como uno de los líderes de los sionistas allí. Igualmente, tras el la Declaración Balfour que apoyaba la creación de Israel, promovió (y participó) la llamada “Legión Judía”, que luchó junto con los británicos en la guerra.

Así, consiguió regresar a Palestina junto a las tropas inglesas. Allí redobló su actividad política con la creación de la “Histadrut”, una confederación sindical. Llegó a ser su secretario general, convirtiendo la organización en un importante referente económico. De hecho, la Histadrut fue ampliando sus actividades, convirtiendo en dueña de fabricas e incluso de un banco. Hay quien apunta que la estructura económica creada sirvió como columna vertebral del futuro Estado de Israel durante bastantes años.

En 1933 da otro paso para dotar de herramientas a los suyos para la lucha política: la creación del Partido Laborista como tal, al promover la fusión de los diversos grupos que existían y que compartían la misma ideología, sionista y socialista.
Dos años después se convierte en presidente de la Agencia Judía, una especie de gobierno a la sombra dentro del mandato británico que gobernaba Palestina.

Hay que destacar que, dentro de lo que fue el liderazgo judío, Ben Gurion mostró una visión bastante tolerante con sus vecinos-rivales árabes. De hecho, en el periodo bastante convulso que se vivió entre 1936 y 1939, siempre propugnó la moderación en la lucha contra los árabes, chocando con nuevas organizaciones armadas como el Irgún y con dirigentes como Golda Meir. Ben Gurion aceptaba incluso que el nuevo Estado no fuera demasiado grande, tan solo un 20% de lo que se consideraba la Israel bíblica.

Su postura, no obstante, se endureció a partir del 39. Pero, más que contra los árabes, su radicalización se orientó en contra de los británicos. El endurecimiento de los requisitos para que los hebreos emigraran, así como que compraran nuevas tierras, provocó que endureciera su postura. Hay que hacer la salvedad de que, durante la Segunda Guerra Mundial, olvidó sus diferencias con los colonizadores y apoyó y colaboró en su lucha contra los nazis.

Tras la guerra, volvió a su oposición frontal a los ingleses, organizando redes de inmigración, así como consiguiendo armas provenientes de países amigos.

Por fin y tras la declaración correspondiente de la ONU, en 1948 nace el Estado de Israel. Como ya señalamos, fue al propio Ben Gurion al que le correspondió leer la declaración que lo establecía. EL nacimiento, como sabemos, no fue pacífico. Poco después estalla la primera guerra árabe-israelí, al ser atacado el nuevo estado por una coalición de países árabes que no aceptaron la partición.

Ben Gurion, unificó entonces a todas las milicias armadas existentes, creando el Ejercito de Israel. Para ello tuvo que enfrentarse con alguno de los líderes de estos grupos, como Menahem Beguin. De hecho, llegó a mandar hundir a un buque con Beguin a bordo, ya que este se negaba a que su milicia se englobara en el Ejercito. Ben Gurion sabía que la existencia de milicias armadas independientes solo podría traer la desunión y la lucha interna por el poder.

Aunque ya actuaba como Primer Ministro, no en vano seguía siendo el líder de la Junta Judía, no fue hasta 1949 (aún en guerra) cuando se celebran las primeras elecciones. Como era de esperar las gana, asumiendo también el ministerio de Defensa.

Al terminar la guerra con victoria israelí, Ben Gurion emprende la labor de crear el nuevo Estado. Consciente de la desproporción demográfica existente (no en vano, el número de judíos que allí vivían antes de las emigraciones, y aún después, era muy reducido, sobre todo al compararlo con los árabes) promovió la emigración de cualquier judío de todo el mundo.

Un paso, simbólico (y económico), importante fue el acuerdo firmado con Alemania en 1952. Ben Gurion fue criticado por las indemnizaciones conseguidas mediante este acuerdo. El motivo: que tan solo hacían referencia a los bienes confiscados, pero no a las víctimas del Holocausto.

Fue uno de sus último actos públicos como político. En 1953 dimite de todos sus puestos y marcha al sur de Israel, al desierto de Néguev. Allí cumple uno de sus sueños: trabajas y vivir en un Kibutz junto con su esposa. Sin embargo, muchos criticaban que continuara ejerciendo su influencia en el gobierno.

Pero el gusanillo de la política pudo más que el de su deseo de tranquilidad. Tan solo un año después retornaba a Jerusalén y recobraba el puesto de Ministro de Defensa. Fue solo por unos meses, ya que apenas de vuelta a la política, se presenta de nuevo a las elecciones y vuelve a ser elegido Primer Ministro.
Aparte de la Campaña del Sinaí y de su acercamiento a las potencias europeas, Francia e Inglaterra, este segundo periodo vino marcado por las luchas internas en el partido. Esto y ciertas decisiones bastante impopulares (desde siempre tuvo fama de ser bastante despótico al manejar las organizaciones que lideraba), provocaron que su popularidad bajara bastante. Por fin, en 1963, deja el cargo, a los 77 años.

No sería este su último movimiento. Incapaz de apartarse del todo de la vida pública, protagonizó sonoras disputas con miembros de su partido, hasta el punto de abandonarlo y crear otro nuevo, “La Lista de Trabajadores de Israel”, junto a otros dos nombres que forman parte de la leyenda de este Estado, Shimon Peres y Moshe Dayán. Sin embargo, las elecciones a las que se presentó no ofrecieron el resultado que esperaba, tan solo diez escaños y los miembros del nuevo partido volvieron con los laboristas. Todos…menos él, que prefirió la soledad como único parlamentario del partido.

Y, de nuevo, volvería a intentarlo con otro Partido, el Institucional. El nuevo fracaso, 4 escaños, ya lo convencieron de volver a Néguev y dedicarse a escribir y a actuar como conciencia nacional. Tras la Guerra de los Seis Días volvió a dar muestra de su pragmatismo, pidiendo a su país que devolviera todos los territorios ocupados a cambio de la paz.

Ben Gurion murió en 1973, sin poder llegar a ver esa paz.

6
Abr

Las luchas entre Mario y Sila

Publicado por Hilda el 6 de Abril de 2008 a las 05:46 pm

MarioLa etapa republicana en la Roma de la antigüedad (509 a.C-27 a.C) significó la expansión territorial, las conquistas jurídico-político-sociales de la plebe, el desarrollo económico y comercial, que sin embargo, benefició a unos pocos. Éstos ricos, que en su mayoría eran los que tenían acceso a las magistraturas, dejaron de lado los valores tradicionales, incluso los religiosos, tan respetados en la época monárquica, para hacer gala del lujo, el derroche y la ostentación. Mientras esta clase social de adinerados vivía en la opulencia, los campesinos y proletarios, se sumían en una miseria, de la que les era difícil salir, por el abandono que hacían de sus campos para ir a las campañas militares, y los pesados tributos que recaían sobre sus tierras.

Las reformas que trataron de impulsar los hermanos Graco (130 a. C) fracasaron ante la oposición de las clases poderosas.

Esta situación interna conflictiva, que dividió a Roma aristócratas y populares, condujeron a una guerra civil, liderada por inescrupulosos que usaron al pueblo para consolidarse en el poder. A estos problemas se sumaba el peligro exterior, que viendo una Roma debilitada, tentaba a los pueblos sometidos a recuperar sus antiguos territorios.

Surgieron dos partidos que reflejaban esos idearios opuestos. El de los optimates, nobles aristocráticos defensores del poder senatorial, y contrarios a las asambleas populares, a la concesión de la ciudadanía a territorios no solo fuera de Italia, sino dentro de la misma península, pero fuera de Roma.

Los populares, seguidores de las ideas de los Gracos, se apoyaban en el poder de las asambleas populares contra el poderoso senado, querían extender la ciudadanía aún fuera de Italia, y realizar reformas agrícola que favorecieran al campesinado.

Cuando en el año 108 a. C. llegó Cayo Mario al consulado, cargo que ocuparía en siete oportunidades, la plebe vio en él, el símbolo de sus reivindicaciones de clase, ya que se mostraba partidario de la plebe, siendo líder del partido popular. No solo fue elegido cónsul, sino también fue puesto al mando de las fuerzas que lucharían contra Yugurta, en el norte africano Luego de luchar contra Yugurta, rey de Numidia, guerra que terminó con la captura del rey enemigo, en el año 105 a. C., gracias a la gestión de Sila, que en ese momento desempeñaba el cargo de cuestor, y contra los cimbros y teutones, Mario cambió su política y dejó de lado al pueblo empobrecido para gobernar en favor de la nobleza aristocrática.

A partir de estas campañas militares ya se despertaban los recelos entre el jefe Mario, y su subordinado Sila, que reclamaba para sí los honores de las victorias. En el año 104 a. C., Mario fue elegido cónsul por segunda vez. Así siguieron sus reelecciones, y sus triunfos, derrotando a los teutones en año 102 a. C y a los cimbrios en el 101 a. C. Al retornar a Roma lo eligieron cónsul por sexta vez en el año 100 a. C.

Los ejércitos cambiaron su composición, se profesionalizaron, y quedaron a cargo no de los campesinos sino de aquellos sin tierras que recibían una paga por sus servicios, que pronto exigieron tierras en pago de sus servicios, demandas que no pudieron ser satisfechas, incrementando la tensión social.

Los pueblos itálicos deciden unirse contra Mario, conformando la confederación itálica, cuya capital erigieron en Corfinio, e iniciaron una guerra con objetivos sociales.

SilaEn el año 94 a. C. la pretura es ocupado por Lucio Cornelio Sila, perteneciente a la clase patricia, que como dijimos, había sido destacado lugarteniente de Mario. Fue acusado por Mario de corrupción y soborno durante su misión contra partos y capadocios. En el año 88 a. C., accedió al Consulado tras derrotar a los rebeldes italianos. Durante su ausencia, Mario aprovechó para tratar de reconquistar su poder, con la ayuda del tribuno de la plebe, Publio Sulpicio Rufo, que de colaborador de Sila y de los optimates, se pasó al bando de los populares.

Desde su cargo logró sancionar un decreto por el cual ponía el mando de las legiones a cargo de Mario, relevando a Sila, que enterado de esto, convenció a sus hombres de atacar Roma. Sila, victorioso, limitó las facultades de los tribunos de la plebe. En el 87 a. C dirigió una campaña contra el rey del Ponto, Mitrídates, momento que aprovecharon los populares para vengarse, estallando una nueva revuelta, al mando de Cinna, que había sido puesto al mando del Consulado, que unido a Mario, y a su hijo del mismo nombre, que había armado un ejército en su exilio en África, atacaron a los optimates dirigidos por Octavio. El senado quedó en poder de los populares que ordenaron el exilio de Sila. Mario tenía ya 71 años cuando asumió el consulado por séptima vez. Solo lo hizo por 17 días, al cabo de los cuales falleció.

Sila regresó victorioso de su campaña militar. Mario ya había muerto, Cinna también, y luego de vencer al ejército de Mario el joven (hijo de Mario) y de Papirio Carbón, a cuyos hombres reprimió con extrema dureza, fue proclamado por el senado, en el año 82 a. C como dictador, con funciones legislativas y de organizar la Constitución. Su cargo de dictador perpetuo era ilegal (la dictadura romana no podía durar más de seis meses) y omnipotente, pero intentó dar visos republicanos a ese período, dando mayor poder al senado, cuyo número elevó de 300 a 600, y limitando las potestades de los magistrados, estableciendo edades mínimas para el desempeño de los cargos, y sobre todo el de los tribunos de la plebe, que solo podían presentar proyectos legislativos con autorización senatorial, y cercenando su capacidad de veto.

Ejerció un gobierno de terror y proscripciones contra sus enemigos políticos, a quienes se les confiscaban y vendían sus bienes.

En el año 80 a. C, Sila abdicó en Cneo Pompeyo, que era además de su lugarteniente, su yerno.

5
Abr

José Evaristo Uriburu

Publicado por Hilda el 5 de Abril de 2008 a las 03:56 pm

José Evaristo UriburuNació en la aristocrática provincia argentina de Salta, el 19 de noviembre de 1831, en el seno de una familia distinguida. Su padre, el militar Evaristo Uriburu y Hoyos, había participado en las luchas por la independencia.

Ferviente anti-rosista, emigró del país, para cursar sus estudios en la Universidad de Chuquisaca (Bolivia). Regresó a su país, una vez vencido Rosas en la batalla de Caseros, y se desempeñó en los ministerios de guerra y de gobierno, mientras continuaba su preparación en Buenos Aires, doctorándose en Derecho, en el año 1854.

Integró el Congreso Constituyente de su provincia natal, y la Legislatura. Fundó el diario “El Comercio” en el año 1855, y en 1856, fue designado Secretario en Bolivia, de la embajada argentina. En 1861 abandonó Bolivia, para regresar a Salta y ocupar el ministerio de gobierno, hasta el año siguiente.

Una vez reunidas las provincias argentinas, luego de la separación entre Buenos Aires y la Confederación, fue designado por Salta, representante al Primer Congreso Nacional, celebrado en 1862.

En 1867, fue nombrado Ministro de Justicia e Instrucción Pública, por el presidente Marcos Paz, en ejercicio ante la ausencia del presidente Mitre, en Paraguay. Durante la presidencia de Sarmiento, en 1871, ocupó el cargo de Procurador del Tesoro nacional. Entre 1872 y 1874 fue Juez Federal en la provincia de Salta. En ese último año, realizó una misión diplomática en Bolivia, y en diciembre de 1876, participó en representación de Argentina, de un Congreso Americano de hombres de Derecho. En 1881, retornó a Buenos Aires. En 1882, intervino en la mediación para solucionar la Guerra del Pacífico, y junto a representantes de otros países, entre ellos, Bolivia y Chile, que lo invitaron a participar, actuó como árbitro en la contienda.

En 1890, se produjo la Revolución del Parque que terminó con el gobierno de Juárez Celman, haciéndose cargo del gobierno el vicepresidente, Carlos Pellegrini.

Cuando se desató en Chile la guerra civil en 1891, apoyó, como embajador de argentina en ese país, al presidente Balmaceda, a escapar, ante el triunfo de los revolucionarios, liderados por Carlos Walker Martínez, ocultándose en la legación argentina. Balmaceda se suicidó, considerando que sería humillado si caía en poder de sus enemigos políticos, que seguramente lo fusilarían.

En 1892 se realizaron las elecciones generales, presentándose como candidatos originariamente, por la Unión Cívica Nacional (unión de un sector de la Unión Cívica con el Partido Nacional) Mitre en la presidencia, y Bernardo de Irigóyen en la vicepresidencia. Éste fue reemplazado por José Evaristo Uriburu.

Otro sector de la Unión Cívica no toleró la alianza, y separándose creó la Unión Cívica Radical.

Mitre renunció a su postulación, siendo ocupado su lugar, por Luis Sáenz Peña.

Así, Uriburu llegó al Poder Ejecutivo de la República Argentina en el año 1892, como vicepresidente de Luis Sáenz Peña. El 22 de enero de 1895, tras la renuncia de Luis Sáenz Peña, que no resistió los continuos ataques de la Unión Cívica Radical, asumió la presidencia de la nación.

Durante su mandato, pacífico y ordenado, dictó una amnistía general, que permitió traer nuevamente la calma al convulsionado mundo político. Se logró llegar a un acuerdo fronterizo con Chile, que otorgó la decisión al laudo arbitral de Gran Bretaña, inauguró en la ciudad bonaerense de Bahía Blanca, un puerto militar, profesionalizó el ejército y la marina, en Buenos Aires fundó la Escuela Industrial, la de Comercio, el Museo de Bellas Artes, la Facultad de Filosofía y Letras y la Lotería Nacional, con fines benéficos. Se efectuó en este período el segundo censo a nivel nacional, que mostró una población de alrededor de 4.000.000 de habitantes, y se realizaron estudios marítimos y de recursos naturales patagónicos. La economía creció, arrojando las exportaciones saldos positivos. En 1894, se sancionó un nuevo Código Rural. Elevó el número de ministerios a ocho, a través de una Convención Nacional Constituyente, reunida en 1898.

Al terminar de completar el período que le correspondiera a Luis Sáenz Peña, se realizaron las elecciones presidenciales, en 1898, y Julio Argentino Roca, asumió por segunda vez el poder. José Evaristo Uriburu, integró el Senado como presidente, desde 1901, e interinamente el Poder Ejecutivo Nacional en el año 1903, ante la ausencia de las autoridades nacionales. En 1904, fue derrotado en las urnas por Quintana, cuando se presentó como candidato por el Partido Republicano. En 1910 dejó el ejercicio de la función pública. Falleció en Buenos Aires, el 23 de octubre de 1914.

5
Abr

José Félix Uriburu

Publicado por Hilda el 5 de Abril de 2008 a las 10:35 am

José Félix UriburuNació en Salta, República Argentina, el 20 de julio de 1868, siendo sobrino de José Evaristo Uriburu. Ingresó en el Colegio Militar, como cadete, en 1885. Ya era Alférez en 1888. Dos años después, participó de la frustrada Revolución del Parque, que tendría como corolario positivo, la renuncia de Miguel Juárez Celman, Presidente de la Nación. La Revolución había nacido de reuniones de una logia secreta, que se llevaban a cabo en el domicilio de Uriburu. Junto a él, militaba con el mismo ideario, quien luego sería su víctima: Hipólto Yrigóyen.

Al asumir José Evaristo Uriburu, tras la renuncia de Luis Sáenz Peña, de quien era Vicepresidente en el año 1895, su sobrino José Félix, actuó como colaborador, siendo edecán de las fuerzas militares, cargo que venía desempeñando desde la presidencia de Sáenz Peña.

En 1905, los radicales organizaron una revolución para poner fin al sistema de fraude electoral, contra el gobierno de Quintana. Este levantamiento fue controlado, y entre los que apoyaron al oficialismo se encontraba el para ese entonces Mayor, José Félix Uriburu, que formaba parte de la escolta del Primer Mandatario, y era Jefe de Guardia.

Asumió como Director de la Escuela Superior de Guerra en el año 1907, y viajó a países europeos para interiorizarse de la práctica militar en ese continente, lugar al retornó en 1913, particularmente a Inglaterra y Alemania, donde se desempeñó como agregado militar. Un año después retornó a su patria, donde obtuvo una banca en el Congreso, como diputado nacional (30 -7-1913 - 30 - 4 -1914).

En el mes de diciembre de 1914, contribuyó al nacimiento del Partido Demócrata Progresista, liderado por Lisandro de la Torre, del que pronto se distanció políticamente pero no como amigo.

Fue ascendido a general de división en 1921, y en 1922, el entonces presidente, Marcelo T. de Alvear lo nombró en el ejército, como inspector general. No pudo concretar las reformas que se había propuesto en esa institución y cuatro años más tarde renunció para integrar el Consejo Supremo de Guerra. El Ministro de Guerra de Alvear, fue Agustín P. Justo.

Admirador del fascismo, Uriburu, quería reemplazar el sistema representativo del Congreso por uno corporativista, donde los legisladores no representen las ideologías partidarias, sino a los grupos de poder (ejército, sindicatos, iglesia, empresas). De ideas conservadoras, y contrario al sufragio universal, pues consideraba que la mayoría popular no estaba capacitada para votar, se preparó para dirigir, los destinos de la patria, desde el uso de la violencia.

En 1928, Hipólito Yrigóyen asumió la segunda presidencia, que se frustró el 6 de septiembre de 1930, a causa de un golpe militar encabezado por el teniente general José Félix Uriburu (también participó Agustín P. Justo), comandando fuerzas del Colegio Militar, del Regimiento Primero de la Caballería y demás unidades, apoyados por una cantidad estimable de civiles, que logró la renuncia del vicepresidente Enrique Martínez, que estaba a cargo del Poder Ejecutivo, por delegación presidencial desde el día anterior. Así comenzó una etapa conocida como “Década Infame” que con sucesivos presidentes dictatoriales, corrompieron el sistema de la legalidad en el país. Asumió el día 8. La Corte Suprema de Justicia, por medio de una Acordada, reconoció a Uriburu como Presidente de facto (de hecho, no de derecho).

Dentro de las dos facciones que lideraron el derrocamiento de Yrigóyen, Agustín P.Justo era partidario de un gobierno breve, de transición hacia la democracia, retrotrayendo al país al período anterior a los gobiernos radicales. En cambio Uriburu pretendía prolongar la situación de facto, en el tiempo.

Si bien en teoría defendía la vigencia de la constitución, declaró el estado de sitio, mecanismo constitucional que permite suspender las garantías acordadas a los ciudadanos en casos de peligro extremo. Intervino las provincias (Córdoba, Corrientes y la Capital Federal, se levantaron contra el gobierno, aunque sin éxito) los sindicatos y las universidades, disolvió el Congreso y estableció la censura. Sus enemigos políticos fueron perseguidos, y torturados, creando dentro de la Policía Federal una sección especial, destinada al efecto.

En un gesto de apariencia democrático, convocó, en la provincia de Buenos Aires, a elecciones para gobernador en el año 1931, donde se presentaron radicales, socialistas y conservadores, pero cuando el ganador fue Honorio Pueyrredón, de la Unión Cívica Radical, se limitó a anularlas, y preparar un sistema eleccionario fraudulento, que excluía la participación de ese partido que se consagrara vencedor. En estos nuevos comicios esta vez para presidente “arreglados” el triunfo le correspondió a Agustín P. Justo. Su candidato para sucederle, según su deseo, habría sido Lisandro de la Torre, pero éste se presentó como candidato de la oposición, que obviamente, ante el fraude, perdió.

Ya un cáncer estaba minando su organismo, y al entregar el poder a su sucesor, el 20 de febrero de 1932, viajó a Francia, para someterse a una intervención quirúrgica. Falleció en París, el 29 de abril de 1932.

4
Abr

Saddam Hussein y su gobierno en Irak

Publicado por Joaquín el 4 de Abril de 2008 a las 11:57 am

Saddam Hussein durante su juicioHablar del gobierno en Irak en las últimas décadas es, inevitablemente, hacerlo de la trayectoria de su líder, Saddam Hussein, quien estuvo en el poder desde 1979 hasta la invasión del país árabe por los Estados Unidos y sus aliados.

Saddam, nacido en Tikrit al igual que el hombre con el que quería compararse, Saladino, héroe de los musulmanes durante las cruzadas, fue a vivir a Bagdad en plena efervescencia anticolonial, cuando los estudiantes y diversas organizaciones civiles y paramilitares se enfrentaban abiertamente al dominio británico.

Pronto, con apenas 20 años, se afilió al Parido Baas, un partido que se autodenominaba laico, socialista y panárabe (a pesar de que pronto se enemistó con su homónimo en Siria).

Sus actividades políticas comenzaron a tornarse más activas en 1959. Ese año él junto a otros compañeros del partido participan en un atentado contra el Primer Ministro Kassem, que había llegado al poder mediante un golpe de estado contra el Rey Faisal II.

El fracaso de esta intentona provocó el exilio del joven Hussein, que marchó a Egipto donde estudio, cuentan que bajo la protección del Presidente Nasser.

No fue hasta 1963 cuando pudo volver a Irak. Allí se había producido otro golpe militar, esta vez a manos del partido de Saddam, junto con otros grupos de parecida ideología, que había tomado el poder.

Saddam consigue entrar en la cúpula del nuevo gobierno y, desde allí, comenzó a manejar los hilos que lo llevarían hasta la presidencia. Los primeros años fueron duros para los baasistas, ya que fueron purgados de los puestos de poder y Saddam acabó en la cárcel. Sin embargo desde prisión su posición en el seno del partido se fue reforzando y cuando en el 68 el Baas, militarmente, consigue hacerse con el poder, él es nombrado vicepresidente de la nación.

Su sangrienta manera de hacer política no tarda mucho en aparecer: contra los disidentes, con purgas políticas que afectan a todos los que están en contra del régimen, y dentro del mismo partido, en el que coloca a gente de confianza, de su mismo clan, en los puestos claves. En poco tiempo se convierte en el hombre fuerte del país, aunque la Presidencia la ejerza, nominalmente, Ahmed Hassan al-Bakr.

En 1979 Hussein culmina su escalada. La dimisión de al-Bakr le abre las puertas para autonombrarse Presidente de Irak, además de acumular el resto de los cargos disponibles, como Jefe del Ejercito o Secretario General del Partido.

El régimen que instaura Saddam Hussein se basa en un liderazgo personalista al máximo, con un gran culto a su personalidad. Aunque laico, no duda en apelar al factor sunnita, rama del Islam a la que pertenecía, que en Irak es una minoría frente al chiismo. Así favorece a los sunnitas creando una auténtica red de lealtades, fortalecidas por el miedo y por la fortaleza de su clan de Tikrit.

Las purgas en sus primeras semanas en el poder son constantes. Afectan tanto a opositores como a miembros del partido o del ejercito, a los que sustituye por sus propios partidarios.

En el aspecto exterior, Saddam supo jugar perfectamente, en sus primeros años, con la geopolítica mundial de la guerra fría. Así, aunque pierde el favor de Moscú al perseguir al Partido Comunista, empieza a ganar apoyos de las potencias occidentales. La Revolución iraní jugó en este aspecto a favor del dictador, ya que pudo presentarse como el dique frente al islamismo chii que representaban los ayatolah.

En 1980 Saddam lanza su primer órdago militar: invade Irán, no sin antes haber desatado una oleada de represión contra sus conciudadanos chiies (si bien es verdad que estos estaban siendo armados por Irán de cara a enfrentarse con el gobierno iraquí).

La guerra, cruenta e interminable (8 largos años), deja bien a las claras la crueldad con la que podía actuar Saddam, así como la hipocresía de occidente. El ejercito iraquí, pertrechado por las potencias occidentales, sobre todo por los Estados Unidos y Francia, intentó una guerra relámpago contra su vecino, pero la demografía de la antigua Persia, con una población muy superior, la hizo imposible.

Ni siquiera los bombardeos con armas química, vendidas por los EE.UU a “su hombre en la zona, consiguió la rendición del gobierno de Jomeini. Aún así, demostró ser un maestro de las relaciones públicas. Por una parte consigue el apoyo de los países árabes moderados, ante los que se presenta como el representante del sunnismo ante el chiismo. Por otra parte, consigue que los Estados Unidos lo saquen de la lista de naciones que apoyaban el terrorismo y restablece las relaciones diplomáticas rotas hacía años.

Particularmente comprometida fue la visita que, en 1983, realiza Donald Rumsfeld a Bagdad, para entrevistarse con el dictador que, años después se empeñaría en derrocar y al que entonces le vendía armas químicas. Estás, además, no fueron solo utilizadas contra Irán, sino que formaron parte de la campaña contra los kurdos que emprende Saddam en 1988 y que culmina con el bombardeo con gases mostaza, sarín y otros de la localidad de Halabaj, que provocó unas 4000 bajas civiles.

A pesar de todo, Irán resiste, y se establece una especie de empate técnico: ni occidente iba a dejar de apoyar a Irak ante los Ayatolah, ni Irán caía en sus manos. Así, en 1988, agotados ambos pueblos la guerra termina, oficialmente sin vencedores ni vencidos pero con centenares de miles de muertos.

Aún así, el régimen iraquí se declaró vencedor de la contienda, un vencedor que había sufrido enormes perdidas económicas y se había endeudado hasta límites insostenibles para cualquier economía.

Por esto, Saddam volvió la mirada hacia otro lugar, Kuwait, un lugar que los iraquíes siempre habían considerado su novena provincia (no les faltaba parte de razón, ya que el emirato no era más que un ente artificial creado por las potencias coloniales y su territorio había formado parte del mismo ente durante mucho tiempo) y, por si fuera poco, un lugar repleto de lo que un pensador llamó “la maldición de los países árabes”, el petróleo.

Como antes con Irán, el dictador iraquí comenzó a preparar el terreno. Hay que tener en cuenta que Saddam pensaba, ya que hasta entonces así había sido, que los Estados Unidos no iban a enfrentarse a él (más bien al contrario) y menos por un pequeño país sin demasiada importancia.

Kuwait (que, por otra parte, había financiado generosamente la guerra contra Irán), junto con la OPEP, estaba entonces abaratando el precio del barril de petróleo a base de subir la producción. Esto le venía muy mal a los iraquíes, que sufrían, como hemos comentado, una tremenda crisis.

En 1990, Bagdad denuncia que Kuwait está sustrayendo de forma ilegal petróleo de unos pozos que amos países compartían. Más adelante, continuó con una escalada de reivindicaciones territoriales: al principio una pequeñas islas, después el emirato al completo.

Finalmente, como es bien sabido, el ejercito iraquí invade Kuwait en Agosto de 1990, logrando una rápida penetración en su territorio, hasta llegar a la capital, Kuwait City.

Sin embargo, el órdago de Saddam está vez iba a salirle muy mal. Estados Unidos enseguida exige la retirada del ejercito. Los motivos de los movimientos internacionales de esos meses se confunden en un muestrario de lo que Churchill definió como política internacional: “Gran Bretaña no tiene amigos, tiene intereses”.

Lo que parece seguro, y fue publicado por la prensa norteamericana, es que Saddam pensaba que EE.UU no iba a intervenir. De hecho, una entrevista que mantuvo con la embajadora en Bagdad, le hizo pensar que esta postura era l oficial del gobierno de Washington. La verdad sobre esa entrevista quedará oculta durante mucho tiempo, si alguna vez se conoce, pero el resultado fue que Irak se lanza a la invasión sin pensar en encontrar oposición internacional.

Como hemos señalado, el Presidente estadounidense, George Bush padre, exige de inmediato la retirada y, al no ser atendida la exigencia, comienza a aglutinar un heterogéneo grupo de países aliados. Entre ellos, y quizás sea parte de la clave en la postura de los Estados Unidos dada las relaciones entre ambos estados y entre los Bush y los Saud, Arabia Saudí, que teme que la invasión sea la antesala de un ataque a su país.

Así, pocos meses después, la Operación Escudo del Desierto se pone en marcha. La impresionante maquinaria bélica que se puso en marcha desaloja en pocas jornadas al sobrevalorado ejercito iraquí y penetra en suelo de Irak. Ninguna de las bravatas de Saddam, incluido el lanzamiento de misiles contra Israel (destruidos en su gran mayoría antes de tocar el suelo), logran que su posición en Kuwait sea más fuerte.

Los ejercitos de la coalición llegan hasta las puertas de Bagdad. Sin embargo, no llegan a entrar en la capital. Por razones poco claras, el régimen de Saddam no es derrocado. Lo único que hace Estados Unidos es alentar la rebelión de los kurdos y de los chiies, esperando que sea la oposición interior la que haga el trabajo.

Ambas facciones se quejaron más tarde amargamente de haber sido manipulados. Efectivamente, cuando se produce el levantamiento en algunas provincias y esperan apoyo desde EE.UU, estos no hacen movimiento alguno, a pesar de la reacción desproporcionada del aparato represor iraquí.

A partir de ese momento, el poderío de Saddam queda muy debilitado. Durante años, y merced a una resolución de la ONU que establece zonas de exclusión aérea para los iraquíes, los gobiernos británicos y estadounidense (que habían aprovechado para instalar bases militares permanentes en los países limítrofes a Irak, como el propio Kuwait y Arabia Saudí), bombardean regularmente posiciones militares iraquíes, debilitando aún más su ejercito. De hecho podemos considerar que la zona kurda del norte del país vivía en una cuasi-independencia desde entonces.

La situación permanece en un status quo durante años. El desarme iraquí, vigilado por la ONU, va dando pasos atrás y adelante durante toda una década. Saddam continúa con sus bravatas ocasionales y trata de darle un barniz religioso a su gobierno, recuperando incluso en su bandera el lema “Ala es el más grande”, con la esperanza de ganar el apoyo de las naciones árabes.

No fue hasta la llegada de George Bush hijo, cuando la situación dio un giro. El 11S había dejado traumatizada a la potencia mundial y después de la invasión de Afganistán, los ojos de Washington se vuelven hacia el viejo enemigo.

Las causas de la fijación en esta ocasión contra Saddam son demasiado variadas para poder ser analizadas aquí. Se ha hablado de la famosa frase de Bush afirmando “es el hombre que intentó matar a mi papa” para hacer ver que la enemistad personal había influido. Igualmente parece claro el interés de los Estados Unidos por controlar el petróleo iraquí, en una época en la que dudaba del aliado saudí.

En definitiva, sabemos lo que Estados Unidos alegó para dar su ultimátum a Saddam. En un primer momento fue su posible simpatía por los movimientos islamistas internacionales, pero esto se demostró incierto en todo momento. Igualmente, esta la famosa cuestión de las armas de destrucción masiva que supuestamente Saddam atesoraba y que lo convertían en un peligro. Como sabemos, las famosas armas no solo no aparecieron, sino que algunas de las pruebas que se presentaron eran falsas y, además, la ONU (a la que se encomendó Saddam en el último momento, destruyendo incluso los pocos misiles que le quedaban) estaba inspeccionado la zona si hallar nada.

Por último, y quizás la única realidad de lo que entonces se dijo, era la cuestión de los derechos humanos. El gobierno de Saddam fue sangriento en ese tema, las minorías (y la mayoría, esto es, los chiies) fueron aplastadas y sus ataque con armas químicas durante años fueron auténticas matanzas. Sin embargo, no parece que fuera este el motivo del ataque: al fin y al cabo, Estados Unidos apoya regímenes igualmente poco recomendables y no hay que olvidar que las armas químicas que empleó Saddam contra Irán y en sus primeros ataques a los kurdos venían de Washington.

Sea como fuera, lo cierto es que Estados Unidos, apoyado por otros países, sobre todo Gran Bretaña, invadió Irak en 2003. De nuevo, a pesar de las bravatas de Saddam, el ejercito estadounidense tardó poco en llegar a Bagdad. En pocas horas, el gobierno de Saddam Hussein había sido derrocado.

Después de eso, Saddam logra huir y se esconde en el último reducto que le queda: Tikrit, el feudo de su familia. No aparece, a pesar de la intensa búsqueda, hasta diciembre de ese mismo año. Dos años después, tras un juicio en el que la pena ya se conocía de antemano, Saddam Hussein es condenado a muerte. El dictador, con las manos ensangrentadas después de décadas, es ahorcado el 30 de Diciembre de 2006, no sin antes intentar defenderse.

Había muerto el hombre que se creyó Saladino.

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