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La Guerra de los Treinta Años

Publicado por Hilda

La Guerra de los Treinta AñosLograda la Paz de Augsburgo, para dirimir las contiendas religiosas entre católicos y luteranos, cada sector religioso mantuvo sus conquistas, estableciendo medidas para sostener la paz en los diez años posteriores, en los diez “círculos” que comprendía el Sacro Imperio Romano-Germánico.

La Paz de Augsburgo de 1555 consagró el principio de cuius regio, eius religio, por el cual cada príncipe podía fijar la confesión de sus súbditos, e introdujo la reserva eclesiástica, que impedía a los príncipes eclesiásticos conservar sus dominios si adoptaban el luteranismo.

Quedó excluido el calvinismo, lo que dejó sin reconocimiento legal a una confesión en expansión dentro del Imperio, sembrando un foco de tensión que, sumado a rivalidades políticas, erosionó el frágil equilibrio alcanzado.

El emperador, en teoría, ejercía su poder sobre cada territorio, pero en la práctica, cada uno de ellos, era gobernado por un príncipe, que se manejaba de forma independiente, creándose conflictos de intereses, sobe todo religiosos, entre los distintos “círculos”, ya que en cada uno, cada príncipe podía elegir la religión a impartir, católica o protestante, según su conciencia, lo que originó una profunda crisis interna.

Se originó una persecución contra los protestantes, a lo que se sumó la entrada del calvinismo, que hacía peligrar el poder que quería consolidar la iglesia católica. Esto, sumado a la crisis externa, dio por tierra con la paz mencionada.

París fue tomada por la Liga Católica, liderada por el Papa y España. El rey francés fue asesinado, pero antes de que esto ocurriera, concretó una alianza con su primo, Enrique de Navarra, que se convirtió en su único sucesor.

Para ocupar el trono francés, Enrique debió convertirse al catolicismo, asumiendo como Enrique IV. Este monarca terminó en Francia con las disputas entre católicos y luteranos, firmando en el año 1598, el Edicto de Nantes, donde se les reconocían a los últimos, libertad de culto y ciertas prerrogativas. Sin embargo, Francia no se mantuvo al margen del conflicto religioso que enlutó a Europa, la llamada Guerra de los Treinta Años, ya que en el mismo, se mezclaron cuestiones políticas, cuyo principal protagonista y víctima resultó Alemania.

El Edicto de Nantes de 1598 aseguró libertad de conciencia, culto limitado en lugares señalados, acceso a cargos y tribunales mixtos, y autorizó transitoriamente “plazas de seguridad” fortificadas para los hugonotes.

Estas concesiones, que apuntaron a cerrar la guerra civil religiosa en Francia, estabilizaron la monarquía de Enrique IV sin desligarla del tablero europeo donde proseguían los choques confesionales.

En el año 1606, en Donauwörth, ciudad alemana, se vivió un violento enfrentamiento entre protestantes y católicos, donde los primeros trataron de impedir una procesión de los segundos.

El conflicto derivó en un bando imperial sobre Donauwörth en 1607 y en la ejecución de la medida por Maximiliano de Baviera, que ocupó la ciudad y la incorporó a su órbita.

La reacción protestante cristalizó en la Unión Evangélica de 1608, a la que siguió la formalización de la Liga Católica en 1609 bajo el liderazgo bávaro, polarizando el Imperio.

Para sentirse protegidos, cada grupo religioso, se agrupó en Ligas. Los calvinistas lo hicieron, en el año 1608, en la Liga de la Unión Evangélica, dirigidos por Federico V, a cargo del Palatinado de Renania, codiciado por España. La Liga católica tuvo como referente al Duque Maximiliano.

La guerra se inició cuando un católico, Fernando II, en el año 1617, fue coronado como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y rey de Bohemia, ante la oposición de la mayoría protestante, sobre todo calvinista, que solicitó apoyo a países extranjeros. Los dos concejales católicos y sus representantes, fueron arrojados por una ventana del palacio, aunque sin consecuencias graves en su integridad física, cuando intentaban preparar el recibimiento del nuevo rey.

Este hecho fue la Defenestración de Praga, ocurrida el 23 de mayo de 1618, y afectó a Vilém Slavata, Jaroslav Martinic y Felipe Fabricio, desencadenando la insurrección abierta en Bohemia.

Fernando había sido coronado rey de Bohemia en 1617 y resultó elegido emperador en 1619, de modo que la crisis bohemia precedió a su elevación al trono imperial.

Guerra de los Treinta AñosEsta disputa iniciada por motivos religiosos, pronto se desnaturalizó, ya que Francia, católica se unió a los protestantes de Holanda y Suecia, mientras que Alemania, luterana, pero con un gobierno católico, luchó junto a los estados católicos de España y Austria. Estos países privilegiaron más extender sus dominios, que los motivos religiosos. España apoyó a Fernando II, pues su rey, Felipe IV, era sobrino de aquél, y no pudo obviar su pedido de auxilio.

Los territorios alemanes fueron objeto de la codicia de Francia, España, Suecia y Dinamarca.

El 10 de junio de 1619, en la batalla de Sablat, Austria, demostró su valor y potencia militar al derrotar a los protestantes de Bohemia, al mando del conde Thurn.

Sin embargo, la parte norte y sur de Austria, se unió a los Bohemios, reemplazando al rey de Bohemia, Fernando II, por Federico V, Elector del Palatinado, y líder de la Liga de la Unión Evangélica.

Ya en 1620 la victoria católica-habsbúrgica en la Batalla de la Montaña Blanca, el 8 de noviembre, cerca de Praga, precipitó la huida de Federico V, llamado el “Rey de Invierno”, y abrió la vía a confiscaciones masivas y a la recatolización en Bohemia.

En 1623, además, la dignidad electoral palatina pasó a Baviera, reordenando el equilibrio interno del Imperio en perjuicio del bando protestante.

En 1629, el rey depuesto, con sus fuerzas unidas, venció a su reemplazante cerca de la ciudad de Praga, trayendo como consecuencia, la desintegración de la Liga de la Unión Evangélica y la pérdida de tierras para los protestantes de Bohemia, además de sus títulos de nobleza. Se apoderó además de Moravia y el Palatinado.

El soberano de Dinamarca, Cristian IV, luterano, brindó ayuda a los de su mismo credo en Alemania, contra el Sacro Imperio, gobernado por Fernando II. Éste contó con el apoyo de las fuerzas a cargo de Albrecht von Wallenstein, quien consiguió el permiso de saquear los lugares invadidos. El rey dinamarqués sufrió una aplastante derrota en Lutter en el año 1626. Tres años más tarde, se arribó a un acuerdo, el tratado de Lübeck, por el cual, Cristian IV, conservó su poder en Dinamarca a cambio de retirar su apoyo a los protestantes alemanes. Se estableció el “Acta de Restitución” por la cual, la iglesia católica recuperó sus dominios en territorios protestantes.

El edicto pretendió devolver a la Iglesia los bienes y señoríos eclesiásticos secularizados desde 1552, afectando obispados y abadías y aumentando el recelo de numerosos príncipes luteranos y calvinistas.

Su aplicación, percibida como ofensiva a la autonomía territorial, tensó las negociaciones y condicionó las alianzas que se formarían en los años siguientes.

Por su valiente actuación en esta contienda merece destacarse Suecia, cuyo rey, Gustavo Adolfo, hombre de notable cultura y conocedor de las tácticas bélicas, arrasó con los ejércitos católicos de Tilly y Wallenstein, mediante ataques “relámpago”, afirmando el poder de Suecia sobre el mar Báltico.Suecia desembarcó en Pomerania en 1630 y aseguró recursos con Francia mediante el Tratado de Bärwalde, firmado en 1631, que comprometió subsidios sostenidos a cambio de mantener la presión sobre los Habsburgo.

Con esta base financiera y logística, las victorias de Breitenfeld en 1631 y las campañas de 1632 alteraron el balance de fuerzas dentro del Imperio y en el Báltico. Este hábil guerrero, venció a la Liga Católica en la Batalla de Breitenfeld, en 1631 y en la de Lech, en 1632, donde Tilly pereció. El rey sueco murió en la batalla de Lutzen, en 1632, aunque su pueblo se alzó con la victoria.

En estas exitosas campañas militares Suecia logró recuperar el territorio de Dinamarca, y la zona norte alemana.

Esta etapa triunfal terminó para Suecia, cuando España envió sus fuerzas en apoyo a los católicos y resultaron victoriosos, en la batalla de Nördlingen.

La derrota sueca quebró su influencia al sur del Main y empujó a muchos estados protestantes a negociar, debilitando la Unión Evangélica y allanando el camino a un arreglo intraimperial.

La Paz de Praga de 1635 disolvió ligas confesionales, integró tropas de los príncipes en un ejército imperial único, amnistió a numerosos territorios y postergó por cuarenta años la ejecución del Edicto de Restitución.

Sin embargo, la adhesión de Wallenstein a la causa católica era sospechosa, ya que se temía que conspirase a favor de los protestantes, y finalmente esto ocurrió muriendo asesinado, por uno de sus hombres, cuando intentaba traicionar a los católicos brindando información a los suecos.

La Paz de Praga, establecida en el año 1635, intentó poner punto final a este largo y cruel conflicto, dejándose los límites establecidos a la fecha designada en la Paz de Augsburgo, estableciéndose un único ejército del Sacro Imperio Romano Germánico, formado por las fuerzas del emperador y los estados de Alemania.

La Francia católica, de Luis XIII, y del primer ministro, Cardenal Richelieu, no estaba satisfecha con la paz lograda y se unió a Suecia y a Holanda, países protestantes, desatando la ira de España, que hostigó los dominios franceses, sitiando París.En realidad, la ofensiva española alcanzó Corbie en 1636 y causó alarma en la capital, pero no llegó a configurarse un asedio sobre París, que fue recuperada la posición por los franceses.

El curso cambió con Rocroi el 19 de mayo de 1643, donde Francia derrotó a los tercios, debilitando el dispositivo hispano y enlazando con éxitos posteriores como la victoria en Lens de 1648.

Fue con la muerte del Cardenal Richelieu, en 1642, y la de Luis XIII en 1643, cuando comenzó a vislumbrarse la posibilidad concreta de paz.

Tras la derrota española en Lens, ocurrida en octubre del año 1648, se firmó la paz de Westfalia, por la cual los Habsburgos comenzaron a sentir la pérdida de su inmenso poder.

Se reconoció la soberanía de los príncipes del Imperio y la legalidad del calvinismo, se confirmó a Francia en los Tres Obispados y en buena parte de Alsacia, y Suecia recibió Pomerania Occidental, Wismar y Bremen-Verden.

Se reconoció la independencia de las Provincias Unidas y de la Confederación Suiza, mientras que la guerra entre Francia y España continuó hasta la Paz de los Pirineos de 1659.

Holanda ya había alcanzado su independencia, por un acuerdo previo con España. Ésta perdió sus territorios en Italia, y el emperador Fernando III debió respetar tanto a los católicos como a los protestantes. Los príncipes de cada estado alemán adquirieron total soberanía con respecto al emperador.

Alsacia, Toul, Metz y Verdún, fueron adjudicadas a Francia. Pomerania fue repartida entre Suecia y Prusia. Suecia, perdió su predominio en el mar Báltico, al perder sus conquistas en la zona, y fueron Francia y Prusia, las que vieron ampliada sus posibilidades de expansión.