Historia

La dinastía Omeya

Publicado por Víctor

Los Omeyas fueron una dinastía de califas del Imperio Árabe, cuya estancia en el poder se alargó entre los años 661 y 750. A la familia omeya pertenecieron catorce califas, de reinados breves, normalmente porque llegaban ancianos a la máxima dignidad en el mundo islámico, a la que le correspondía tanto el poder político y militar como el religioso. Ellos fueron: Muawiyyah (661-680), Yazid (680-683), Muawiyyah II (683-684), Marwan Ibn al Hakam (684-685), Abd al Malik (685-705), Walid (705-715), Sulayman (715-717), Omar II (717-720), Yazid II (720-724), Hisam (724-743), Walid II (743-744), Yazid III (744), Ibrahim Ibn al Wahid (744) y Marwan II (744-750).

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La familia Omeya pertenecía a la tribu quraisí, que en tiempos preislámicos había gobernado la Meca, y que combatió al Profeta forzándole al exilio en Medina (622 d. C.). El califa Utmán, de los Omeyas, fue asesinado en 656 por los partidarios de Alí, que se convirtió entonces en califa, pero el gobernador de Siria, Muawiyyah, de la familia omeya, se levantó contra él, acusándolo del asesinato de su pariente, y lo derrotó en la batalla de Siffin, en 657. Huido Alí a Iraq, Muawiyyah se encontró como árbitro de la nueva situación y se proclamó califa en Damasco, trasladando la administración del Imperio a esa ciudad siria.

Generalmente se ha atribuido a los Omeyas un interés especial en depurar la administración. En realidad, era lo más urgente, dado que las extensiones que dominaba su familia iban más allá de Arabia, hasta Iraq, Irán, Egipto y Siria. La diversidad de pueblos y religiones que se aglutinaban bajo su mando era enorme, y requerían un interés especial para que la obra de los conquistadores no se desvaneciese. Los rivales de los Omeyas les reprocharon en su tiempo su escasa religiosidad, pues en algunos momentos, sus califas llegaron incluso a prohibir la conversión al Islam, por el problema fiscal que eso suponía: cristianos y judíos pagaban muchos impuestos que los musulmanes no, de tal modo que su conversión suponía la pérdida de ingresos para el Estado. Paralelamente, se los acusaba de haber combatido al Profeta en otro tiempo, y de la saña de la que hacían gala con sus enemigos (asesinaron, por ejemplo, a los hijos de Alí, Hasan y Husayn).

Todas estas pegas fraguaron un clima interno inestable pero que pudo ser sobrellevado casi un siglo. Muchos musulmanes, especialmente en la zona más oriental del imperio, Irán e Iraq, despreciaban a los califas omeyas y sus métodos. Hashimíes (tribu quraisí cercana a la familia abbasí) y Alíes (partidarios de los descendientes de Alí) fueron grupos insurgentes que se opusieron desde un principio a acatar el califato Omeya, y que erosionaron poco a poco el poder de su dinastía, que habían convertido interesadamente en hereditaria (lo que no ocurrió hasta los omeyas, pues la elección de los primeros califas la realizaba un grupo de notables árabes).

En el exterior, el califato omeya cosechó nuevos éxitos, a pesar de que las flotas construidas en Siria no consiguieron rendir la capital de su gran rival el Imperio Bizantino, Constantinopla. Lograron, no obstante, llevar sus ejércitos más allá de Afganistán y consolidar sus conquistas en el oriente, y hacia occidente, después de una durísima guerra contra las tribus bereberes del norte de África, lograron controlar la región en torno al 710. Allí fundaron la base de operaciones de Kairuán, para desde el 711 lanzarse a la conquista de Hispania (donde medraba el reino visigodo), tras la victoria de Guadalete.

Pero los éxitos en la guerra exterior no libraron a los omeyas de la guerra civil interna (fitna), contra los seguidores de Alí y la familia abbasí, descendiente del Profeta y considerada con mayor legitimidad para reinar. El conflicto dentro de la propia familia omeya marcó el inicio de su fin, en torno al 740. Abbul Abbas, patriarca de los abbasíes, se lanzó al frente de sus tropas contra el califa Marwan, que fue derrotado en la batalla de Zab. Huyendo a Egipto, el califa omeya fue capturado y ejecutado. Toda su familia fue exterminada por los abbasíes, que se convirtieron en la nueva dinastía reinante.

Hubo, no obstante, un superviviente, Abd al Rahman, nieto del califa Hisam, que huyó hacia occidente haciendo entrada en la convulsa Hispania a mediados del siglo VIII. Allí creó un bando de seguidores con el que logró acceder al poder en 756, arrancando la provincia de la potestad de los abbasíes, que enviaron a algún que otro agente para recuperarla. Abd al Rahman crearía en adelante una dinastía propia de emires independientes de Bagdad (nueva capital del califato). Su descendiente, Abd al Rahman III, dio el paso de proclamarse califa en Córdoba, aunque el poderoso Estado por él creado no sobrevivirá a la crisis de finales del siglo X y principios del siglo XI, desintegrándose el califato en 1031, y diluyéndose la familia omeya en sus luchas intestinas sin que pueda seguírsele la pista en adelante.

Categorías: Arabia Saudí, Edad Media, Medio Oriente, Siglo VII, Siglo VIII

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