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El desastre del 98

Publicado por Raquel

Los años de la Restauración Borbónica en España (a partir de 1875) se caracterizaron por una política muy conservadora que contrastaba con períodos anteriores, como habían sido el reinado de Amadeo I o la I República. Las directrices ordenadas, principalmente, por Antonio Cánovas del Castillo perjudicaron el buen desarrollo de la democracia en España, además de afectar a los territorios de Ultramar: Cuba, Puerto Rico, Filipinas y las islas Marianas y Carolinas, en el Pacífico.

Monumento al Maine

Hasta tal punto será desastrosa la política con las colonias que los tres primeros territorios terminarán obteniendo la independencia en 1898; los dos últimos archipiélagos serán vendidos a Alemania un año después. En todo este proceso no habrá que perder de vista un elemento externo, como fue la intervención estadounidense.

Ya en 1878 tuvo lugar una primera guerra cubana, que se puso fin con la paz de Zanjón. En esos momentos, se pensó en la posibilidad de la autonomía para la isla, algo con lo que no todos los políticos de la Restauración estuvieron de acuerdo. A partir de esos instantes, tanto en Cuba como en Filipinas aparecerán importantes partidos políticos a favor de la independencia.

En el primer caso, fue el Partido Revolucionario de José Martí, artífice del denominado “grito de Baire”, en 1895, que marcaría el inicio de una nueva guerra cubana frente a la metrópolis. Por otro lado, en Filipinas, emergía la figura de José Rizal, que se lanzó a la sublevación un año después. A ambos movimientos, como ya se ha dicho, se unió Estados Unidos, que actuó con una mayor beligerancia en estas décadas.

Los fracasos militares españoles en Cuba llevaron a la reacción de los políticos, que diseñaron una nueva administración para la isla. Por su parte, Estados Unidos envió al rebelde país el acorazado “Maine”, para la protección de los soldados americanos en el territorio en guerra. En febrero de 1898, tuvo lugar la inesperada voladura del barco, que pronto Estados Unidos atribuyó a la acción española. Fue la excusa perfecta para que el presidente William McKinley declarara la guerra a España.

A partir de entonces, la guerra por la independencia se extendió a Filipinas y Puerto Rico. El envío de un contingente naval a esta isla, encabezado por el almirante Cervera, acabó siendo aniquilado frente a Santiago de Cuba, lo que precipitó la rendición española. No hay que perder de vista la diferencia de potencial bélico entre España y Estados Unidos, que iniciaba por estos años un imparable Imperialismo.

La paz entre los dos países se firmó a través del Tratado de París, en el mismo año 1898. Por él, España renunciaba definitivamente a Cuba, Filipinas y Puerto Rico, islas sobre las que prontamente Estados Unidos intervendría en su política interna. Por otro lado, un año después, y como se ha comentado al principio, España vendía las Marianas y las Carolinas a Alemania. Ésta era otra potencia emergente que se interesó por los archipiélagos del Pacífico, para consolidar su presencia en tal océano.

Las consecuencias para España de la pérdida de sus colonias fueron numerosas. Desde el punto de vista económico, quizá el comercio no se viera demasiado afectado, salvo en algunos sectores; ello se debía a que ya desde muchos años antes de la independencia de Cuba, la actividad de intercambios era prácticamente nula. Sin embargo, desde el punto de vista político, se comienzan a ver cambios. Por un lado, una mayor crítica a la oligarquía y al caciquismo, característicos del sistema de la Restauración. Además, comenzaron a sonar con más fuerza los movimientos nacionalistas, tanto en Cataluña como en las provincias vascas, cuyas economías sí se resintieron por la pérdida de las islas.

Sin embargo, donde más repercutió el denominado “Desastre del 98” fue en el ámbito cultural e intelectual. La pérdida de las colonias dejó en evidencia las carencias españolas en el ámbito internacional, lo que provocó un tremendo pesimismo entre literatos y filósofos. Surge de este pensamiento la llamada “Generación del 98”, entre los que encontramos, entre otros, a Miguel de Unamuno, Pío Baroja, Antonio Machado o Ramón María del Valle-Inclán. Todos dejan ver en sus escritos ese espíritu crítico y pesimista, nacido de la toma de conciencia de la situación real de España.

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