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El Voto Femenino en España

Publicado por Hilda

CampoamorLa lucha de la mujer por la equiparación de sus derechos con los del hombre ha sido producto de una lenta y difícil lucha, aún no concluida.

Cuando la mujer pudo salir de la esfera puramente doméstica y participar en los espacios públicos a través de capacitación o trabajo, comenzó a demandar y organizarse para el reclamo de sus derechos.

Muchos países europeos, sobre todo Inglaterra; y en América, Canadá y Estados Unidos, fueron precursores en el siglo XIX en la lucha por el sufragio femenino.

España fue mucho más lenta que sus vecinas en general, por este reclamo, ya que tuvo una economía esencialmente agraria, donde la industrialización tardó en aparecer, iniciándose solo en Cataluña y en el País Vasco. La clase burguesa de ideas liberales aún no está afianzada a fines del siglo XIX y principios del XX. Además, el absolutismo monárquico con sus ideas tradicionales y conservadoras, y el destacado rol de la iglesia, mantuvieron a la mujer alejada de los temas políticos, actividad que se consideraba típica de hombres, y que la alejaría de su papel de esposa y madre, rompiendo con la estructura familiar, básica para el orden social.

Las mujeres que trascendían el ámbito doméstico y se agrupaban, lo hacían con un fin de caridad cristiana, aunque lentamente comenzaron a preocuparse por su situación social, requiriendo ser tenidas en cuenta en los terrenos culturales y laborales. Ese fue el objetivo planteado por la Junta de Damas de la Unión Iberoamericana de Madrid, en los albores del siglo XX. El centro Iberoamericano de Cultura Popular Femenina, fue creado en 1906, siendo la expresión de sus ideas “La Ilustración de la Mujer. Revista Hispano Americana de Música, Letras y Artes”. Los puestos más importantes eran ocupados por hombres, a los que, a lo largo de sus páginas puede descubrirse, se les siguió dando un rol prioritario en la organización social y el desarrollo político.

El nacionalismo catalán encontró en las mujeres la posibilidad de apoyo para su causa, creando el Partido Conservador Catalán, en 1906, una sección femenina de la Lliga Regionalista: La Lliga Patriotica de Dames, para apoyar a los hombres, pero sin cumplir un papel electoral activo, sino de influencia sobre sus maridos.

Si bien en esos años comienzan a surgir algunos proyectos de incluirlas en el electorado aunque de manera parcial (incluir a las mujeres solteras como electoras, pero no como candidatas) todos son rechazados.

Carmen de Burgos es una de las pioneras en exponer a través de las páginas de “El Heraldo” de Madrid, dos encuestas cuyos temas son respectivamente el voto femenino y el divorcio, donde solo 922 y no en forma plena, aceptaban la posibilidad del sufragio femenino sobre 4.562 encuestadas.

El PSOE fundó en Madrid la Agrupación Femenina Socialista en 1912, y en 1913 fue por primera vez incluida una mujer en su Comité Nacional. Se trató de Virginia González, aunque la actuación femenina no fue destacable en vistas a lograr mayor participación política.

El sector católico conservador creó sus propias organizaciones en defensa del statu quo. Así en 1912 liderado por María Doménech de Cañellas, se fundó la “Federación Sindical de Obreras”, y por María Echarri, “El Sindicato de la Inmaculada”.

Una revista hecha por mujeres (Benita Asas Manterola y Pilar Fernández Selfa) fue “El Pensamiento Femenino” destinada a las mujeres, pero con un sentido basado en la religión cristiana, fomentando la participación en la órbita de Ayuda social. Desaparecida esta expresión de las ideas femeninas otra con el mismo criterio surgió en 1917: “La Voz de la Mujer” de Celsia Regis, y un año más tarde, fue una de las que fomentó la creación de la “Asociación Nacional de Mujeres Españolas”, liderada por María Espinoza de los Monteros, que en su accionar logró que las mujeres pudieran acceder a la universidad y a la administración pública. Esta organización básicamente inclinada a la derecha, e integrada por mujeres de clase media, tenía su correlato de izquierda en la “Unión de Mujeres de España” que funcionaba en Madrid, con admisión más abierta a todo tipo de clases y creencias religiosas, destacándose, María Lejárraga. Estos dos grupos se distanciarán de manera decidida a partir de 1920, los que les impedirá tomar intervención en la Alianza Internacional de Mujeres Sufragistas.

De la mano de la Iglesia surgió en 1919 la “Acción Católica de la Mujer” en defensa de los derechos de la mujer dentro del ámbito de la familia, reivindicando su papel importante dentro de la órbita del hogar.

En plena crisis de la Restauración, a fines de 1919, se presentó un proyecto perteneciente a Burgos Mazo, diputado conservador, que nunca llegó a tratarse, sobre el voto femenino, que les permitía siendo mayores de 25 años, elegir pero no ser elegidas, votando un día diferente al asignado a los hombres.

En 1923 establecida la dictadura de Primo de Rivera, ésta fue respetuosa de los derechos ya logrado por las mujeres, dictándose en 1924, “El Estatuto Municipal” que concedía la posibilidad de sufragar en las elecciones municipales a ciertas damas, que debían ser emancipadas, solteras, y mayores de 23 años. La mujer casada era excluida de la posibilidad de sufragar, pues según la concepción bastante arraigada en la sociedad española, podría originar rencillas domésticas, si los cónyuges optaran por votar a diferentes candidatos. Se basaba además en el concepto de “voto familiar”, considerando a la familia como unidad de criterio al momento de sufragar.

En 1926, surgió en Madrid el “Lyceum Club” donde Victoria Kent, María de Maeztu y Zenobia Camprubí, entre otras, abogaron por reformas más trascendentes en la equiparación de derechos entre los sexos, como las reformas de los artículos del Código Civil, que establecieran privilegios por razones de masculinidad.

En la Asamblea Nacional, de 1927 algunas mujeres pudieron formar parte de ella.

Pero los logros concretos en favor de la mujer llegaron de la mano de la instauración de la Segunda República, en abril de 1931, que elaboró una constitución de corte liberal.

Con respecto a los derechos políticos de las mujeres, las primeras en ejercer cargos de diputadas, al inicio de la República, cuando se les permitió acceder a los escaños, pero no elegir, por un decreto del gobierno provisional de la República, de mayo de 1931,

fueron Clara Campoamor, por el Partido Radical y Victoria Kent, por la Izquierda Republicana, en junio de 1931. A estas se agregó a fines de ese año, por el Partido Socialista, Margarita Nelken, quien sostenía que solo la mujer educada y la obrera, deberían poder sufragar, por su mayor conocimiento del mundo y de las circunstancias político-sociales, que aquellas confinadas al ámbito doméstico. El sufragio universal, el 1 de octubre de 1931, tuvo su aprobación en el Congreso de Diputados

La nueva Constitución republicana y liberal de diciembre de 1931, basada en una similar de equiparación de derechos (la alemana de Weimar de 1919) fue realmente un antes y un después en los derechos de la mujer.

Las causas que se reconocían no debían dar lugar a privilegios jurídico, se exponían en el artículo 25, dentro de las cuales figuraba el sexo, gracias a la intervención de la diputada radical Clara Campoamor, que se opuso férreamente a Victoria Kent, que sostenía que acordarle derechos a la mujer era lógico, pero inoportuno, ya que sus votos irían para los partidos de derecha, por la gran influencia de la iglesia sobre la conciencia femenina.

El artículo 36 era el que le otorgaba la calidad de sufragante en iguales condiciones que al hombre (Siendo mayores de 23 años). Esta disposición se complementó con el artículo 40, donde se eliminaba la discriminación por sexo en los empleos y cargos públicos. Por el artículo 46 se protegía a la mujer en su desempeño laboral, sobre todo con respecto a la maternidad. Por el artículo 53, podían acceder a ser diputadas siendo mayores de 23 años.

Aún se avanzó sobre otras reivindicaciones, como la igualdad de sexos dentro del matrimonio, aceptándose el divorcio (artículo 43), cuya ley reglamentaria fue aprobada en 1932, con notable oposición de la iglesia y de los partidos conservadores.

Tal como temían los partidos de izquierda, en las elecciones de 1933, las primeras en la que participaron los grupos femeninos, ganó la derecha. Si fue realmente el voto femenino el que inclinó la balanza en sentido desfavorable a la izquierda o fue la unión de los partidos de derecha en la CEDA, los que les permitió el triunfo, es cuestión de debate, pero en estos comicios por primera vez, la participación femenina se hizo notar.

Este gobierno de derecha, sin embargo, no recluyó a la mujer de su participación ciudadana. Seis mujeres ocuparon bancas de diputadas: Margarita Nelken, María Lejárraga, y Matilde de la Torre por la izquierda y Francisca Bohigas, María Urraca Pastor y Pilar Careaga, por la derecha.

En 1936, el triunfo fue para la izquierda porque también, viendo el éxito de la CEDA, se habían unificado en el Frente Popular, lo que demostró que tal vez en la unión estaba la posibilidad del triunfo. En este gobierno las mujeres diputadas, en este caso por la izquierda, fueron: Margarita Nelken, Victoria Kent, Matilde de la Torre, Julia Alvarez y Dolores Ibárruri. Pero sin importar en este caso, demasiado, quien ganaba, las vencedoras reales eran las mujeres que comenzaban tímidamente a asomarse a la vida política, aunque no duró mucho tiempo. Vino la Guerra Civil, el 18 de julio de 1936, que no permitió acceder a las urnas, y luego advino la dictadura de Franco, el 1 de abril de 1939, que retornó al punto de partida los logros femeninos conseguidos (y los masculinos también).

La participación política popular se limitó en estos años a plebiscitos para asegurar a Franco su poder absoluto.

Cuando Adolfo Suárez, en diciembre de 1976, convocó al referéndum para la reforma política, y en las elecciones democráticas de junio de 1977, la mujer pudo participar libremente, y lo sigue haciendo hasta la actualidad.