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La Revolución Constitucional de Irán (1906)

Publicado por Joaquín

Abdullah Behbahani

El cambio del S. XIX al S. XX pilló a Persia sumida en una crisis cultural y política que la hacían no participar de los cambios que estaban acaeciendo en todo el mundo. La entonces dinastía reinante, los Qayar, había terminado con los intentos de modernización y la brillantez cultural que había caracterizado la Persia de un siglo atrás.

Además, bajo los Qayar, el colonialismo de las grandes potencias penetró con fuerza, no ya de forma militar, sino con una manifestación más moderna: la económica. Así, el gobierno del antiguo Irán había firmado una serie de tratados comerciales, primero, con la Rusia de los Zares y, luego, con británicos y franceses, que en la practica les concedía el poder sobre todos los recursos naturales del país.

Sin embargo, sí existía un movimiento más modernizador dentro de la sociedad persa. Este estaba encarnado por los estudiantes, que ya habían viajado a Europa occidental en el S. XIX, trayendo de allí nuevas ideas, y, curiosamente, por grupos de clérigos.

Igualmente contribuía a este ambiente la traducción al persa de las principales obras publicadas en Europa, tanto literarias como científicas.

Ya a finales del S. XIX, se dio lo que muchos señalan como la antesala de la posterior Revolución Constitucional. Al igual que el Motín del Te en los Estados Unidos, fue un producto, en apariencia menor, lo que lo provocó. Así, la industria tabaquera había sido casi regalada a los británicos, que pronto la monopolizaron totalmente. El llamado Veto del Tabaco consistió, más que en un levantamiento, en un simple boicot, en un llamamiento para que no se comprase tabaco. Fue una pequeña, pero buena muestra de que los sentimientos de la población persa hacia las decisiones de sus dirigentes estaban a punto de llegar a un punto de no retorno.

Por otra parte, se debe destacar también el papel de la prensa y de, como ya señalamos, de los clérigos. Los medios de comunicación, muchos de ellos ilegales, no hacían más que promover la crítica hacia el Sha y su manera de gobernar, provocando un ambiente reformista. Los segundos, al menos unos pocos, se imbuyeron de parte de lo que Occidente traía y, muy importante, lo volcaron en la enseñanza.

Precisamente, todo el estallido revolucionario tuvo un origen eclesiástico. Así, el gobierno intentó deportar a unos estudiantes de teología, que se manifestaban por la publicación de una foto donde se veía a un belga que trabajaba en la Aduana, disfrazado de clérigo y mofándose de ellos.

Adbullah Behbahani y Fazlullah Nuri, dos de los incipientes líderes del movimiento reformista, pidieron la liberación de los jóvenes estudiantes, pero el gobierno se negó, manifestando que nadie podía meterse en las decisiones que tomara.

Esto fue la gota que colmo el vaso: ulemas, estudiantes e intelectuales comenzaron a pedir abiertamente la destitución del ministro implicado. Se fue creando, de esta manera, un entramado de movimientos opositores al gobierno que, desde distintas posiciones, acababan convergiendo en la misma petición: más libertad, menos concesiones a los británicos (que enseguida salieron en defensa del gobierno) y más justicia.

Pronto, los comerciantes también se unieron a las protestas. El precio del azúcar no paraba de subir y finalmente un grupo de clérigos, seminaristas, comerciantes y gentes del pueblo se dirigieron a una ciudad santuario cercana a Teherán y se encerraron en ella. En principio sus exigencias se limitaban a la destitución del ministro causante de las detenciones de los estudiantes de teología, así como la creación de un juzgado.

Al final, el Sha, después de un mes, les comunicó que podían abandonar el encierro, ya que sus condiciones serían atendidas. De hecho, al volver a Teherán, fueron recibidos por gran número de gente, que los veían como los que traerían más libertad.

Sin embargo, a pesar de que realmente consiguieron lo que querían, el movimiento que clamaba por reformas, no se quedó ahí. Una vez comenzado, no era fácil detenerlo y numerosas asambleas se celebraron por doquier.

Esto trajo consigo unas elecciones, en la que fue elegido Behbahani, uno de los líderes de las revueltas, como diputado. De hecho, llegó a controlar casi todas las decisiones que emanaban del parlamento. Lo cierto es que la deuda externa bajó y equilibró el presupuesto. Pero el Sha se oponía a todo lo que decidía el Parlamento y, además, se produjo un sospechoso asesinato de un parlamentario, así como, saqueos de comerciantes por soldados leales al Sha.

Al final, Tabatabai y Behbahani llamaron a la rebelión, solicitando un levantamiento en todas las ciudades contra el Sha. El Parlamento se puso al frente de la revuelta y fue bombardeado por el ejercito y, finalmente, tomado.

Los dos líderes isurrectos fueron detenidos y encarcelados ocho meses, pero la popularidad de ambos hace que tengan que ser liberados y Behbahani es aclamado en su vuelta a Teherán y re-elegido en el II Parlamento.

Behbahani continuó con sus trabajos en pro de las reformas, apoyados por los miembros moderados del parlamento. Sin embargo, existía un grupo de diputados más radicales, que no veían bien la dirección que estaba dando a las reformas. Estos acabaron asesinándolo y fue enterrado en Nayaf, una de las ciudades santas del chiismo.

Por su parte, el Sha Mohammed Ali Shah intentaba imponer de nuevo el absolutismo, aunque el Parlamento continuaba intentando dotar al país de una Constitución. De hecho, volvieron a salir a la calle, pidiendo que se respetara su trabajo. Este nuevo levantamiento acabo con la muerte de uno de los principales ministros reformistas, pero con la Constitución acabada.

No obstante, la oposición de Rusia e Inglaterra, además de la del Sha, hizo que fuera papel mojado. El Parlamento fue nuevamente bombardeado y disuelto. El Sha, de nuevo, vuelve al absolutismo, sin importarle incluso que lo excomulguen los ulemas persas y los levantamientos populares. Tras un año de enfrentamiento, los reformistas consiguen vencer y el Sha tiene que exiliarse a Rusia, entrado Persia en una etapa donde prima la Constitución y no las decisiones de su rey.

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