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La Carta del Atlántico

Publicado por María Celia

La Carta del Atlántico fue un compromiso firmado el 14 de agosto de 1941, entre Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill, como portavoces y representantes de Estados Unidos y Gran Bretaña, respetivamente.

En 1941 y tras la derrota sufrida por Francia en la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos, no sólo decide tomar intervención en forma directa sino también colaborar con Gran Bretaña en la lucha contra la Alemania Nazi. Aprobada la “Ley de Préstamo y Arriendo” mediante la cual Estados Unidos podría ayudar a cualquier nación que, de no hacerlo, podría perjudicar directa o indirectamente al estado americano. Es así como el país del norte colabora con Gran Bretaña de maneras diferentes: municiones, armamento, etc. Antes de la aprobación de esta ley toda compra efectuada debía pagarse al momento. Tras la aprobación de esta ley, los ingleses podrían pagar de diferentes maneras. La Ley de Préstamo no sólo fue destinada a Gran Bretaña, pero sí es cierto que fue una de las naciones más beneficiadas.

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Este fue el primer paso hacia una obligación mayor que fue la Carta del Atlántico en el que ambos países se comprometían en el cumplimiento de principios comunes con el objetivo “de lograr un porvenir mejor para el mundo”.
El primer antecedente de una carta de esta índole fue “Los 14 puntos de Wilson”, incorporada a la Declaración de la Organización de las Naciones Unidas.

Compuesta por ocho puntos, los pilares sobre los que descansó el compromiso de 1941 fueron: no se modificarían las fronteras de ambos países, esto es, no existía un ideal de expansión territorial; se respetaría el derecho del pueblo a elegir su régimen de gobierno, la devolución de soberanía a los países que habían sido despojados de ella por la fuerza, trabajar el derecho de todos los pueblos a tener acceso a las materias primas y el comercio necesarias para su desarrollo, entre otras, destacándose una de las más importantes: restablecimiento de la paz y los medios de vida para las naciones avasalladas por la tiranía nazi.

Asimismo, y a propósito de la fracasada Sociedad de Naciones, la carta vislumbró la creación de un organismo capaz de garantizar la seguridad mundial; concepto plasmado en la institución de las Naciones Unidas.

El último de los ítems destaca que todas las naciones deben renunciar al uso de la fuerza, es post del desarme, “puesto que ninguna paz futura puede ser mantenida si las armas terrestres, navales o aéreas continúan siendo empleadas por las naciones que la amenazan, o son susceptibles de amenazarla con agresiones fuera de sus fronteras”.

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