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El reinado de Alfonso VI de León y Castilla

Publicado por Raquel

La figura de Alfonso VI de León y Castilla se ha confundido en ocasiones con el personaje que nos describe el “Cantar de Mío Cid”, obra cumbre de la épica medieval castellana. En el relato, aparece un Alfonso VI de tintes crueles y enigmáticos, obligado a jurar sobre la Biblia que no tuvo nada que ver en el asesinato de su hermano, el rey Sancho II, a las puertas de Zamora. Sin embargo, Alfonso VI ha pasado a la Historia, entre otras cosas, como el rey que conquistó la importante plaza de Toledo a los musulmanes.

El rey Alfonso VI de Castilla

Alfonso VI es hijo del primer rey de Castilla, Fernando I. Éste, a su vez, era hijo de Sancho III el Mayor de Navarra, el monarca más destacado de su tiempo. Por entonces, el reino de Pamplona abarcaba una amplia franja cuyo límite occidental era León y el oriental, los condados catalanes. Sin embargo, a la muerte de Sancho III, el amplio reino se descompuso, dando lugar, además de a Navarra, a Castilla y a Aragón. Fernando I se convirtió en el titular del reino de Castilla, y pocos años después, se hizo con el de León. Nacía, de esta manera, un nuevo reino unificado e independiente.

León y Castilla fue heredada por Sancho II, hijo mayor de Fernando I. El nuevo monarca entró en disputa con su hermano, el futuro Alfonso VI, que terminó encarcelado. Sin embargo, el asesinato de Sancho junto a las murallas de Zamora dejó la corona a su hermano, pues no dejaba hijos. La sombra de la sospecha pesó sobre Alfonso VI, ya que la muerte de Sancho le despejaba el camino al trono. En este momento, debemos situar el ya comentado y legendario episodio de la “Jura de Santa Gadea”, en Burgos. Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, obliga a Alfonso VI a jurar sobre las Sagradas Escrituras que no estaba involucrado en el oscuro asesinato.

El reinado de Alfonso VI se caracterizó por un imparable avance territorial hacia el sur, buscando desde el río Duero la frontera natural del Tajo. El objetivo estaba en la ciudad de Toledo, una de las taifas más importantes de la Península Ibérica. Además, el simbolismo de esta ciudad radicaba en el hecho de que había sido la capital del antiguo reino visigodo, desaparecido tras la invasión musulmana del año 711. Fue en el 1085 cuando el monarca leonés-castellano cercó la plaza de Toledo, que terminó cayendo en manos cristianas.

En los años de Alfonso VI se comenzó a fraguar la idea imperial en la Península Ibérica. Pero no sería con él, sino con uno de sus sucesores, Alfonso VII cuando se hablara de Imperium. Y es que este rey fue proclamado “Emperador”, en el momento en que León y Castilla alcanzaba su máxima plenitud.

Alfonso VI llegó a casarse hasta en cinco ocasiones, una de ellas con la viuda del rey musulmán de Toledo. A la muerte del monarca, León y Castilla pasará a manos de una mujer, su hija Urraca. Su boda con el rey Alfonso I el Batallador de Aragón podría haber dejado una descendencia común que hubiese unido los dos reinos. Sin embargo, el matrimonio quedó anulado, y, de un nuevo matrimonio, Urraca tuvo al heredero del reino, el ya comentado rey Alfonso VII.

La idea imperial, a la muerte de éste, se descompuso. León y Castilla se separaron, pasando cada uno de estos territorios a diferentes hijos de Alfonso VII. Pero también sucedió otro fenómeno, como fue la independencia de Portugal. Nacida como condado dependiente de Castilla, fue dada a la infanta doña Teresa, hija de Alfonso VI, en concepto de dote de boda con Enrique de Borgoña. A partir de aquí, las ansias independentistas de Portugal se harán mayores, llegando a serlo en la generación posterior. Alfonso Henriques, hijo de doña Teresa, se convertiría en el primer rey portugués.

En definitiva, la consolidación plena del reino de León y Castilla en la Edad Media se dará bajo el reinado de Alfonso VI, sobre todo a raíz de la conquista de Toledo. El avance contra los musulmanes continuará hacia el sur en los siglos posteriores. Pero la idea de unidad y de imperio se perderá poco después de Alfonso VI. Sólo se recobraría la unidad definitiva en el siglo XIII, con Fernando III el Santo.

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