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La Francia de entreguerras

Publicado por Pablo

La Francia de entreguerras se nos presenta bajo un panorama global que resulta sumamente contradictorio. Por un lado, una economía próspera que pudo recuperarse de los horrores de la guerra; por otro, una evolución política confusa, inestable y, en muchos momentos, bastante inacertada.

En efecto, la evolución económica de Francia se caracterizó, entre 1918 y 1939, por un fuerte crecimiento industrial. La bonanza de sus relaciones comerciales con un imperio ultramarino aún más amplio que antes de la Gran Guerra, así como la recuperación de la estabilidad monetaria del Franco –sobre todo a partir del gobierno de Raymond Poincaré, en 1926-, hicieron que la economía francesa no sufriera ni las humillaciones de la alemana, ni los graves problemas estructurales de la británica.

Aristide Briand

Y eso a pesar de que su población padeció un temprano envejecimiento, aunque dicho proceso pudo ser corregido porque se produjo un importante fenómeno de inmigración (ni más ni menos que casi tres millones de extranjeros en 1931).

Basándose en esta pronta recuperación de la economía, muchos franceses creían que, una vez restablecidas las heridas producidas por la guerra, y lograda la sumisión de Alemania, vivirían en una suerte de “isla feliz”, como llegó a expresar el Presidente Tardieu poco menos que unos días después del “martes negro” de la Bolsa de Nueva York. Como es sabido, la crisis económica del 29 y los conflictos sociales subsiguientes despertarían a Francia de su idílico letargo.

Porque su evolución política estuvo marcada por una enorme inestabilidad, incluso confusión, que produjo una alternancia sucesiva en la orientación política de los parlamentos y de los gobiernos. Durante los años veinte, correspondió el predominio a las fuerzas de la derecha, a excepción de un breve periodo conocido como el “Cartel de izquierdas” (de 1924 a 1926).

Así, desde el final de la guerra hasta 1924 el panorama político estuvo dominado por el derechista Bloque Nacional, que hizo del revanchismo frente a Alemania santo y seña de su política, y lo presentó como único antídoto freten a la revolución social de inspiración socialista. Tras el bienio izquierdista, volvió al poder la Unión Nacional. En manos de Poincaré y Aristide Briand (en la imagen), fue concebido como un gobierno de reconciliación nacional y de recuperación del prestigio de la moneda francesa, el franco. Briand fue, además, uno de los grandes políticos de la diplomacia francesa y trató, junto con su homólogo alemán Stresemann, de recuperar el necesario papel de Alemania en la política internacional.

Sin embargo, de esta época de bonanza y optimismo se pasó en muy pocos años a su extremo opuesto. La crisis del 29, aunque tardó en manifestarse, provocó una grave inestabilidad política a partir de 1932, radicalizando la vida política y destrozando la economía. El radicalismo de la derecha, violencia callejera incluida, fue el detonante último de que los socialistas abandonaran su principio de no intervención en la vida parlamentaria, y de que, con el apoyo de los comunistas, formaran el Frente Popular para poner coto a la amenaza fascista. El triunfo del Frente en 1936, liderado por Léon Blum, inauguró una etapa de profundas transformaciones socio-económicas. Medidas como la jornada de 40 horas, el reconocimiento de los convenios laborales, y las vacaciones pagadas, se consiguieron bajo este gobierno.

A pesar de los múltiples problemas a los que hubo de hacer frente, la democracia francesa se mantuvo en vigor hasta 1940, cuando la militarista Alemania de Hitler invadió el país e inauguró, en la mitad meridional, el régimen colaboracionista de Vichy.

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